Ron se sentó aquella melancólica tarde en el sillón de su casa a tomar una taza de té y unos raros pensamientos inundaron hasta lo más profundo de su mente. Cansado de todo, de que nadie lo aceptaría, o al menos eso creía él, porque según Ronald (como Newt lo llamaba), "su novio"o algo así, era el único capaz de entenderlo. Ron no se dio cuenta, pero una sonrisa, una simple mueca apareció en su rostro. Él pensó para sus adentros: "Newt y yo nos conocimos y nos enamoramos, aunque ya todos sabían que él era de esa...manera, nadie sabía que yo también, en aquel verano ambos tuvimos que vernos a escondidas y nada de apreciaciones en público, lloraría de vergüenza si alguien se enterara y un día me llamó y me dijo que me dejaría si seguía avergonzándome de él y esto me hizo reflexionar: ¿quién soy? Y aquí estoy, en pleno invierno derrotado por la tristeza, no sé como ese miserable adolescente podía tener tanto efecto en mí". No obstante, Ronald, en aquella cavilación, se descubrió a si mismo, y de que aún tenía algo de incomodidad, por su manera de ser, sumándole el rechazo, no lo quería aceptar del todo, pero en algún recóndito lugar de su subconsciente lo sabía, se percató de su..."orientación" y lo reconoció. Fue difícil, tan difícil como esconder el dolor con una sonrisa falsa, porque él estaba refugiado en una mentira, una linda mentira y ahí estaba...la fea verdad, atormentándolo. Todo este tiempo estaba siendo un maldito farsante que nada merecía, deseaba que Newt le perdonara, porque sin él, era nada, y los días oscuros volverían.La taza se estaba vaciando.
Este adolescente de pelo alborotado y profundos ojos cafés llamado Ronald, debía tomar una decisión, ¿Newt o su reputación? Ron sabía que las personas lo mirarían de forma distinta, aunque lo negaran. La respuesta a la pregunta anterior era obvia. Newt.
Se dio cuenta de que la desgraciada monotonía reinaba en el lugar si Newt no estaba. Se dio cuenta de que el tazón estaba vacío, pero seguía acercándolo a sus labios. Se dio cuenta de que ser dichoso era importante, tal vez el único propósito de la vida. Pero finalmente se dio cuenta de que esa nostálgica taza de té marcó una diferencia.
Valentina Fernández - 8°B
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